Por Manuel Gutiérrez
La enajenación y el mundo moderno tienen solución, pero hay que comprender el problema primero.
El padre de la criatura es el del existencialismo, Kierkegaard, autor de la idea moderna de que la conciencia se pierde entre la multitud, entre el público, y con ello te angustias porque te despersonalizas, y comienza a pensar y actuar como masa humana.
Kierkegaard nos enseña desde finales del siglo XIX que el hombre “moderno” se convierte en número con la densidad urbana, adoptando decisiones de la masa, como tendencia, como moda o impuestas por líderes de opinión. Todos igualados en esa zona, nadie se siente responsable de nada; entregas tu libre albedrío a cambio de nada o de ser aceptado entre el rebaño.
Como resultado, el hombre y la mujer (en cuanto a humanidad) viven el hedonismo, el epicureísmo, es decir, son esclavos del placer, lo que es divertido un rato pero acaba destruyéndote.
Una espiral de sensaciones, una búsqueda inacabable de novedades; en el tiempo de Kierkegaard era el teatro, hoy son las redes. Hoy el teatro influye, pero no tanto; aún sus construcciones de vanguardia, sexismo y revolución son de autoconsumo y ahí también juegan con la personalidad desintegrada.
La consecuencia es miserable: la desesperación, la pérdida de identidad. La enajenación máxima va de ser tú al olvido para ser el número 01-10-01; te preocupa ser visto como alguien diferente, razonar diferente, quieres ser parte de la masa por comodidad.
La síntesis de Kierkegaard es “la multitud es mentira”
Este tema se basa en un libro que era texto en la materia de Civilización y Economía de la U. de G., de editorial Era, y su desarrollo generaba interesantes debates, aunque parte de los alumnos preguntaba “¿esto para qué sirve?”, mientras, como domador, el Lic. Leobardo Ortiz Gutiérrez nos hacía penetrar en los pensadores. Los economistas de finales del siglo XX tenían unas bases culturales muy sólidas, lo que alaba la casa de estudios.
Y llegamos a otro favorito del asunto: Romano Guardini (18851968), teólogo, pero más que eso. Romano ya vio la Segunda Guerra Mundial, la sociedad industrial posterior, el dominio total de la técnica sobre la humanidad. Solamente somos operadores de máquinas, creas cosas que no entiendes ni controlas, y estas cosas —eso no lo vio físicamente Romano— como la IA quieren controlarte, darte información que debes cuestionar o caerás en el foso del dogma moderno, porque la IA se equivoca y puede ser tendenciosa.
Romano escribe en 1950, pero vislumbra que el humano moderno ya solamente es parte de la producción, que la humanidad puede hacer de todo, pero… ¿para qué? El terror de Metrópolis de Lang y de Orwell, en todo su esplendor en el mundo moderno: puros guiñapos, como si viéramos los martillos desfilar a lo The Wall de Pink Floyd, aunque organizados como en el fascismo-sovietismo, pero sin columna ni cerebro.
Es un poder sin límite y sin vínculo humano, solo eres usuario. El mundo dejó de ser nuestro. De alguna manera, antes sentías que eras la criatura superior que lo dominaba; hoy solo eres una pieza más.
El tema tiene una vertiente marxista muy interesante pero corta, porque está limitada a lo económico; solo ve que el hacer un producto ajeno te enajena, pero que el objeto pasa a ser dueño del trabajador… por la revolución de clases.
La limitante expresamente económica la dejan como variable, pero vino Herbert Marcuse, a quien leíamos con André Gorz, que marcaron la tendencia ideológica de esas décadas de los 70 a los 90. Para ello se alejan de lo económico y se acercan a Erich Fromm, el psicólogo que determina que la humanidad, en condiciones propicias en muchas sociedades, está alimentada, bien vestida, con lujos, con deseos suntuarios, con hambre sexual como un satisfactor más, pero el resultado es desastroso: te enajenas con esa forma de vida, con los demás, y finalmente es como si fueras un cíborg.
Marx fue rescatado por otros pensadores en el rollo de la alienación, sumando a Hegel, incluso a István Mészáros, que tratan de meterlo en la trama de Kierkegaard y de Romano, porque supera el concepto meramente económico, lo hace social, psicológico y del contexto humano. Eso nos lleva a la escuela alemana, con su Gemeinschaft, que es la comunidad, tu pueblo originario, tu sociedad tribal o urbana, hasta llegar con la Gesellschaft, la escuela, la enseñanza, la ideología impuesta, la camiseta mental que forma a la nueva sociedad adquirida de modelos educativos, del Estado en ocasiones, de las instituciones jerárquicas como las religiosas. Ambos caminos son parte de las telarañas de cada mente, haciendo que sean como suponen deben ser por la colectividad y la normatividad, o serán parias. Hoy te llegan no con discursos, sino con redes, con contenidos y control de la televisión.
Romano vuelve a la escena principal: “El fin de la modernidad y el mundo y persona”, pero aparece otro alemán para darle otro cauce: Ferdinand Tönnies (1855-1936), con su versión de Gemeinschaft, que es pueblo, barrio, iglesia, en una relación orgánica que necesita que estemos juntos para ser, y en esa parte entra la voluntad libre, la Wesenwille.
La otra parte de Tönnies es la Gesellschaft, la sociedad, el contrato social de Montesquieu, Estado, mercado, corporativo, una sociedad mecánica, racional, en la que sirves si pasas. Tu voluntad ya es obligada por recompensas —dinero sobre todo— o por miedo y castigos. De ambos sistemas se deriva la enajenación, porque eres un rol, un contrato, y eso genera soledad; pasas de forma social de tu barrio a un esquema estatal o mediático diferente que atrapa a todos.
Durkheim también leyó a Tönnies y manejó la idea aplicándole sociología, y parece que encontramos el hilo negro de la enajenación.
Pero nada, Kierkegaard no se resigna a pasar al polvo. Le dice al alemán: tu sociedad bucólica puede ser rústica, artesanal… pero puedes estar enajenado viviendo el chisme local (pueblo chico, infierno grande); de hecho, se asombra esta percepción por real.
Y luego viene Romano y le asesta un gancho: “Te quedaste corto con la Gesellschaft, ahora solo es funcional todo, no eres pariente ni socio, solo eres una parte del todo”. Los dos lo montonean: lo peor es la pérdida del concepto persona.
El tema siguió flotando entre las mentes. Marx vuelve al profetismo y dice que el comunismo hará una Gemeinschaft sin clases. Pero Romano lo acota: una comunidad sin persona (sin derechos privados o personales) es simple masa; se cambia de amo, pero no recuperamos la integridad de una persona. Marx falla al resolver el asunto, su sistema enajena, no libera.
Los remedios a la enajenación
En ambos autores, tanto en Kierkegaard como en Romano, la salvación es volver a ser un yo, pero eso te da una personalidad que te permite hablar con otros e incluso con Dios, como un tú. La solución perfectamente absurda de todo este enredo está en el regreso a la liturgia, a la persona con vida interior.
Es decir, estos pensadores te dirían: deja a Marshall McLuhan en el olvido y apaga tu tele, deja el celular en que gastas la vida con desechables o basura.
¡Búscate, busca tu casa, los tuyos! Manda por un tubo a la técnica, a la masa, aplícala, pero que no te domine; vuelve a tu Iglesia… (qué absurdo que se debate en la ciencia y se termina en la magia, pero la magia es necesaria).
Otra salida propuesta es el amor, y te enajenarás de otra manera, pero dependerá de otro humano: imperfecto, pero grandioso. Arriesgado y efímero o eterno, todo puede suceder.
Los enamorados viven una rara enajenación que hace la vida feliz infelizmente; en síntesis, los Beatles: All you need is love.
Guardini llega a la conclusión de buscar “el valor divino de lo humano” expresado en las obras de Dostoyevski, de Chéjov; incluso podemos ir con Simone Weil, recientemente citada en este lugar y fue un descubrimiento, porque se planteó el tema y lo resolvió con pensamiento y acción. Vamos, hasta Aleksandr Solzhenitsyn funciona si lo deseas en El primer círculo.
Incluso el autor de El Principito aborda el tema y lo rebasa, pero tan poéticamente que no sabes que estás en el debate de la enajenación, como sucede con Antoine de Saint-Exupéry. El Principito es una obra mayor. Incluso Alexis Carrel (1873-1944), médico cirujano, premio Nobel de Medicina de 1912 y autor en 1935 de La incógnita del hombre, aporta mucho sobre el tema.
El debate de economía no llegó tan lejos, terminó con Kierkegaard y con Romano, con Marcuse y a otra cosa, pero era fascinante. Hagamos una pizza: Pese a nuestra fragilidad, cuestionamos todo. Podemos elegir, amar, odiar, construir, destruir; somos golpeados por el tiempo como finitos.
Lo divino está entre nosotros, no encima, no abajo. El Timshel judío del «tú puedes» (John Steinbeck lo popularizó en Al este del Edén) o la categoría católica del libre albedrío, eligen el bien o el mal por toda la vida; podemos crear cosas, sucesores, incluso oraciones, y jugar con el pensamiento con el tema de la enajenación.
Ninguna computadora es capaz de suplir a alguien que se sacrifica por otro. De alguna manera, otra forma de combatir la enajenación moderna está en el escritor, mártir y líder Anacleto González Flores, con su mística, su fuego, su sacrificio, su pensamiento luminoso, su generosidad; no hay máquina capaz de hacer esto, aunque sea capaz de hacer el mundo cenizas.
Claro, otros pueden proponer a Teilhard, a Escrivá, a Fulton Sheen, a León XIV, a Benedicto XVI o a Juan Pablo II; en realidad no importa cuál, sino que entiendas y apliques lo que dicen y lo que descubren; el resultado es lo que hace válido el medio. Incluso Agustín de Hipona es tan humano y tan divino a la vez. De nuevo la solución en 3 letras: Ora.
Date cuenta de cuánto tiempo te queda y qué vas a hacer con el resto de tu vida, y ponte en movimiento; la vida sí retoña, tú no.
Les doy dos citas de Carrel que funcionan: «Debemos levantarnos y continuar. Debemos liberarnos de la tecnología ciega y comprender la riqueza de nuestra propia naturaleza». «Los hombres vivirían en pequeñas comunidades en lugar de inmensas multitudes, cada uno preservaría su valor humano dentro del grupo». Busca tu grupo de similares y llega la hora para Carrel del estoque y suerte de matar como en los toros: «Prueban la importancia de las actividades espirituales. Abren al hombre un mundo nuevo».
¡Qué paradoja que tanta ciencia y duda se decanten en autores totalmente religiosos pero certeros! Y la lista es inmensa en este terreno, hasta pensadores liberales; un compendio de respuestas como Ariel de José Enrique Rodó, que ahora me cae el veinte que es una manera de romper con la enajenación cultural, siendo lo contrario Calibán. Y, total, coincide con Carrel, pero es bueno partir del punto de la ciencia a la metafísica, cada cual con sus hábitos y sus caminos; el asunto es ser libre exterior e interiormente, ese es el reto.
Por último, el tema es parte del juego de la literatura, que lo plantea como nudos de la vida de los protagonistas. José Saramago, en La caverna, juega con el artesano desplazado por el plástico y los grandes centros comerciales, y aparece la cita de Fernando Pessoa, pero no ofertas soluciones sobre cómo reflejan la desesperación.
Porque estaba el maestro Manuel Rodríguez Lapuente, un medievalista completísimo y preciso como enciclopedia, a quien cariñosamente apodábamos “El Inmortal”; recitaba la historia de Europa hora por hora con precisión absoluta. Estaba Jorge Zepeda Ruelas, y todos los otros más, no de ciencias sociales: ellos educaban a un muy alto nivel.
En ese tiempo, también me pregunté el valor de esto; parecían extravíos de gente que no tiene nada que hacer, pero con la madurez vino la comprensión total: qué bueno que destinaron su vida para esto y nos legaron ideas, cuestionamientos que todo el tiempo son de valor.
Sirve para encontrarle sentido a la vida, que se pierde en la depresión, el anonimato y los valores de tendencias decadentes. Sirve para volver a pensar, volver a ser, a buscar, y entonces la enajenación deja de ser un peligro. La aportación de Civilización en las universidades es un componente esencial, y nunca entendí por qué retuve tanto este contenido sin tener oportunidad de decírselo a alguien, porque me encantaba el tema. Bueno, llegó usted
🔴La enajenación moderna nos aleja de nuestra identidad, de los demás y hasta de nuestra propia libertad.
Manuel Gutiérrez retoma a Kierkegaard y Guardini para cuestionar el dominio de la tecnología … @GutiManuelJ
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