Se trataba de que llegaran al poder para, por lo menos, intentar transformarlo y que la puerta se mantuviera abierta para que llegaran más
Por Lourdes Encinas Moreno
Resulta penoso observar la faceta que mostraron durante la última semana tres figuras femeninas de la escena pública nacional, pero más preocupante es anticipar las repercusiones que sus conductas pueden tener en el ejercicio de los derechos políticos de las mexicanas.
La lucha para que más mujeres arribaran a espacios de toma de decisiones no fue para que reprodujeran las mismas prácticas y vicios que caracterizan a la clase política del país, todavía dominada por los señores de traje y corbata.
Se trataba de que llegaran al poder para, por lo menos, intentar transformarlo; jugar con sus propias reglas, hacerlo diferente y mejor para que se lograran mayores avances en la agenda de derechos de las mujeres y que la puerta se mantuviera abierta para que llegaran más.
¿Se acuerdan? Porque parece que muchas ya lo olvidaron, o bien, nunca compartieron esos propósitos y solo se sirvieron de una lucha colectiva como trampolín electoral.
Primero, la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, reveló el contenido y tono de su encuentro privado con la presidenta Claudia Sheinbaum, quien después confirmó lo ocurrido. Entre ambas contribuyeron a instalar en el imaginario social la escena de dos mujeres con poder que dejaron que el temperamento se impusiera al tratar de dirimir una disputa derivada de su ejercicio de gobierno.
Para rematar, viene la presunta corrupción exhibida en el otorgamiento de contratos durante la presidencia de Guadalupe Taddei en el INE ligada a aspectos de su esfera privada en los que sobra ahondar, y que sumió al instituto en su peor crisis de credibilidad, justo en año electoral.
Son casos de naturaleza distinta, pero en los dos, la conducta mostrada alimenta uno de los prejuicios más persistentes contra las mujeres en el poder: que sus emociones y relaciones personales condicionan sus decisiones.
¿Que los hombres también pierden los estribos, mezclan los asuntos personales con sus responsabilidades públicas y abusan de sus cargos? ¡Por supuesto! Basta ver cómo llegan a los golpes en las cámaras legislativas. Pero la balanza del juicio es desigual, a ellas siempre se les exige más.
No debería ser así, pero lo es. Las mujeres que incursionan en la política saben que enfrentan un escrutinio desigual y una carga adicional que no llevan los hombres. ¿Se acuerdan de que su llegada también contribuiría a combatir esos prejuicios? Acuérdense, por favor, porque están haciendo lo contrario.
Conscientes o no, la conducta de muchas de ustedes alimenta los argumentos de quienes se resisten a compartir la toma de decisiones y hacen más difícil el camino de las siguientes generaciones.
La lista de ejemplos es amplia en todo el país, en todos los órdenes de gobierno, poderes y partidos, bajo un mismo patrón: mujeres que, una vez instaladas en el poder, relegan la agenda de derechos que contribuyó a que llegaran. Lejos de aprovechar sus posiciones para reducir las desigualdades sociales y las brechas de género, reproducen las prácticas de sus antecesores, se sirven del cargo para beneficio propio y hasta pervierten instrumentos de defensa para censurar y tratar de esquivar críticas.
Es cierto que el patriarcado está arraigado en las estructuras de poder y equilibrar esas condiciones es una tarea de largo aliento, pero tampoco puede servir de explicación para todo.
Ustedes tienen capacidad de decisión, agencia propia, sus actos tienen consecuencias y las responsabilidades en las que incurran son individuales. No pueden atribuirlas en todos los casos al sistema del que ahora forman parte y cuyos excesos, salvo destacadas excepciones, han terminado por reproducir.
La paridad permitió que más mujeres llegaran al poder, pero no las hizo inmunes a sus vicios. Desmoraliza ver que, después de tanto esfuerzo colectivo para abrirles las puertas, muchas de las que lograron entrar estén ayudando a cerrárselas a quienes vienen detrás.
www.opinion51.com