Por Pedro Moroyoqui
A través de la poesía se puede aprender mucho sobre la historia, en esta oda del poeta peruano, José Santos Chocano, llamado el cantor de América, debido a que en su lírica celebra la historia, los paisajes, la cultura y la identidad mestiza de este continente, en su poema titulado Los caballos de los conquistadores describe magistralmente la participación que tuvieron estos nobles animales y nos conduce de la mano en la exploración y conquista de estas tierras.
Quizá la conquista de México y del Nuevo Mundo hubiera tardado mucho tiempo en realizarse de no ser por un valioso auxiliar del que casi nunca se habla, me refiero a los caballos, traídos por los conquistadores españoles, aunque en un principio muy pocos podían disponer de uno, este era un privilegio conferido solo a los capitanes y altos funcionarios de la corona española.
Debido a las dificultades que implicaba su transporte desde lugares tan lejanos, aunado a la falta de espacios en los reducidos navíos de aquel tiempo, donde además había que llevar pastura y arreos, por esas razones solo podían ser embarcados unos cuantos ejemplares, en consecuencia, eran muy escasos en el Nuevo Mundo esto hacía que se vendieran a precios exorbitantes que no todos podían pagar.
Con esos pocos ejemplares los capitanes españoles recorrieron toda la América atravesando una gran diversidad de climas y regiones, los conquistadores cabalgaron en los secos pedregales, en los húmedos pantanos, en los ríos resonantes y en las nieves silenciosas, a través de las pampas, de las sierras, de los bosques y los valles…
¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!
Sus pescuezos eran finos y sus ancas
relucientes y sus cascos musicales…
¡No! No han sido los guerreros solamente,
armados de corazas, penachos, tizonas y estandartes,
los que hicieron la conquista de las selvas y los Andes:
Los caballos andaluces, cuyos nervios
tienen chispas de la raza voladora de los árabes,
estamparon sus gloriosas herraduras
en los secos pedregales,
en los húmedos pantanos,
en los ríos resonantes,
en las nieves silenciosas,
en las pampas, en las sierras, en los bosques y en los valles…
A medida que se adentra en el poema, el autor menciona el rol de los caballos en los descubrimientos y los viajes de exploración que hicieron historia y ampliaron el conocimiento que se tenía del nuevo mundo, nos habla como llegó el descubridor Vasco Núñez de Balboa sobre su caballo hasta el mar del sur, como le llamaron al océano Pacífico, a Gonzalo Jiménez de Quezada, que montado sobre los lomos de su cabalgadura, recorrió todo el norte de los Andes y fundó la ciudad de Bogotá, Colombia y Hernando de Soto, un capitán español enviado por Francisco Pizarro a parlamentar con el emperador inca Atahualpa, frente al cual realizó ejercicios de alta equitación para impresionarlo.
Un caballo fue el primero,
en los tórridos manglares,
cuando el grupo de Balboa caminaba
despertando las dormidas soledades,
que de pronto dio el aviso
del Pacífico Océano, porque ráfagas de aire
al olfato le trajeron
las salinas humedades;
y el caballo de Quesada, que en la cumbre
se detuvo viendo, en lo hondo de los valles,
el fuetazo de un torrente
como el gesto de una cólera salvaje,
saludo con un relincho
la sabana interminable…
y bajó con fácil trote,
los peldaños de los Andes,
cual por unas milenarias escaleras
que crujían bajo el golpe de los cascos musicales…
Y es más digno todavía
de las odas inmortales
el caballo con que Soto, diestramente,
y tejiendo las cabriolas como él sabe,
causa asombro, pone espanto, roba fuerzas,
y entre el coro de los indios,
sin que nadie haga un gesto de reproche,
llega al trono de Atahualpa y salpica con espumas
las insignias imperiales.
No podía dejar de mencionar el caballo de Hernán Cortés sin el cual no hubiera recorrido la penosísima travesía por las selvas tropicales, donde estuvo a punto de perder la vida con su contingente, trazando un camino donde no había nada, a través de pantanos insalubres y una vegetación impenetrable, desde México hasta las Hibueras para castigar la rebelión de Cristóbal de Olid.
Y aquel otro, de ancho tórax,
que la testa pone en alto
cual queriendo ser más grande,
en que Hernán Cortés un día
caballero sobre estribos rutilantes,
desde México hasta Honduras
mide leguas y semanas entre rocas y boscajes,
es más digno de los lauros
que los potros que galopan
en los cánticos triunfales
con que Píndaro celebra
las olímpicas disputas
entre el vuelo de los carros y la fuga de los aires
En un pasaje bellísimo cita a los caballos más famosos de la historia, los caballos pura sangre de los árabes, el caballo de San Jorge, que deshace a los dragones, el caballo de Julio César, con el cual se lanzó a la conquista de las Galias, el caballo de Aníbal, sobre el que, en un arranque de audacia cruzó por lo más escarpado de los Alpes y estuvo a punto de tomar la ciudad eterna, el mitológico centauro, un híbrido de equino y ser humano, pero ninguno de ellos se compara con los caballos andaluces, una raza creada con los caballos nativos de la península ibérica y los caballos pura sangre durante la dominación musulmana y perfeccionada bajo el reinado de Felipe II, fundador de las caballerizas reales donde unificó y perfeccionó esta raza con los mejores ejemplares.
Más adelante hace alusión a Babieca, el caballo de Rodrigo Díaz de Vivar, mejor conocido como el Cid Campeador, uno de los más grandes héroes castellanos, sin él tal vez jamás hubiera conquistado y tomado la ciudad de Valencia para el reino de Castilla, el caballo Rocinante, creado por el genio del inmortal manco de Lepanto, la escuálida cabalgadura sobre la que montaba el hombre de la Mancha, buscando entuertos que deshacer, sobre sus lomos acuñó una sus frases más famosas: “Los perros ladran Sancho, señal de que vamos cabalgando”.
El caballo del beduino
que se traga soledades,
El caballo milagroso de San Jorge,
que tritura con sus cascos los dragones infernales,
El de César en las Galias,
El de Aníbal en los Alpes,
El Centauro de las clásicas leyendas,
mitad potro, mitad hombre,
que galopa sin cansarse,
y que sueña sin dormirse,
y que flecha los luceros,
y que corre como el aire,
pero todos tienen menos alma, menos fuerza, menos sangre,
que los épicos caballos andaluces
en las tierras de la Atlántida salvaje,
soportando las fatigas,
las espuelas y las hambres,
bajo el peso de las férreas armaduras,
cual desfile de heroísmos,
coronados entre el fleco de los anchos estandartes
con la gloria de Babieca y el dolor de Rocinante…
En otro lugar describe la brillante participación que tuvieron los caballos de los conquistadores en lo más intenso de los combates, en una visión fantástica, se ve al mismísimo apóstol Santiago, el santo más venerado de España y de Europa en la edad media, apodado en la guerra de reconquista “el matamoros”, galopando por los aires en su brioso corcel, coadyuvando a los ejércitos hispanos en la conquista de las salvajes tierras americanas.
En mitad de los fragores del combate,
los caballos con sus pechos arrollaban
a los indios, y seguían adelante.
Y, así, a veces, a los gritos de “¡Santiago!”,
entre el humo y e fulgor de los metales,
se veía que pasaba, como un sueño,
el caballo del apóstol a galope por los aires….
Concluye el poema cuando los caballos se alejan espantados, desaparecen de la historia huyen a galope y se pierden en el horizonte hasta que una nube los oculta….
Y de súbito, espantados por un cuerno
que se hincha con soplido de huracanes,
dan nerviosos un soplido tan profundo,
que parece que quisiera perpetuarse.
Y en las pampas y confines
ven las tristes lejanías
y remontan las edades
y se sienten atraídos
por los nuevos horizontes:
Se aglomeran, piafan, soplan, y se pierden al escape.
Detrás de ellos, una nube,
que es la nube de la gloria,
se levanta por los aires….
¡Los caballos eran fuertes!
¡Los caballos eran ágiles!